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Adelante Diversidad

La hija, hermana, nieta… la lesbiana

Por: Maria Ximena

Había recordado nuestro lugar y el atardecer que caía con las gamas naranjas cálidos, avisándonos que debíamos irnos y volver a nuestra realidad. Tú en tu casa fingiendo que todo iba bien y yo en la mía diciendo que me había tardado por hacer trabajos de la universidad. Con el miedo de que al llegar mi familia me repitiera lo que para ellos siempre estuvo bien: “desde que usted entró a esa universidad la corrompieron”, “¿no le da asco?”, “tranquila que esto solo es una etapa”, “yo la quiero ver a usted con un esposo y con hijos”. Pero lo cierto es que yo no quería un esposo, no quería que un hombre me tocara y mucho menos compartir una familia con él.

Cada día se repetía y el miedo de decir la verdad solo crecía, ¿por qué era tan difícil decir que estaba contigo?, que todo estaba bien porque me sentía plena y segura; que no había un lugar mejor que estar a tu lado, aunque sonara un poco cliché. Que quería compartir mis sueños con ellos, que estuvieras en los viajes familiares, que ellos pudieran ver lo que yo era sin necesidad de recordar que estaba con alguien igual a mí; sin necesidad de mirarme con asco. Quería decirles que soñaba con una navidad en familia, como esa que nunca tuve. Pero tenía temor de decirles que tú eras la mujer que me hacía feliz, que tú eras la persona de la que estaba enamorada y, si, que eras mi novia. Tenía miedo de que te vieran a la cara y que no fueras más que la persona que me había corrompido, cuando lo cierto es que me enseñaste que sí existían personas que al hacerme cosquillas no iban a abusar de mí o aprovecharse para tocarme; que si alguien me hablaba no era porque solo quería tener relaciones sexuales conmigo o para tratarme como un trozo de carne, sino que me podían amar. Que alguien se podía interesar en mí por como era, por como vestía, como hablaba o por mis pequeñas manías.

Al final del día, lo único que esperaba era poder contarles sobre ti, la forma en la que me hacías feliz, poder decirles que habíamos discutido o que habíamos logrado una meta juntas. Tal vez de la misma manera en la que mis hermanas hablaban de sus novios o esposos y todos se alegraban por ello; o por cómo iban a las celebraciones y decían sus palabras de agradecimiento. Pero lo único que tenía a cambio era un amor encerrado en el armario y una familia que me decía que iba a ser la tía solterona si no conseguía un novio. Al final del día no les podía decir que quería un amor como el de Leonardo y Felipe: incondicional, desmedido y sin tapujos, como lo escribió Fernando Molano.

Quería que se dieran cuenta que yo era más que una persona que le gustaba otra mujer, aunque la forma correcta era ‘que amaba a otra mujer’. Pero quedé atrapada en el closet contigo, ocultando algo que no dañaba a nadie, asustada porque dejaran de pagar mis estudios por estar con alguien como yo. Pero ¿sabes? Al final cuando descubrí que yo tenía las llaves del armario, que podía andar contigo en la calle, que en mi casa era yo quién decidía sobre mi vida y mi cuerpo: dejé de ocultarlo. Dejé de decirles que estaba con mi mejor amiga o que solo estaba sola: salí del armario sin importar los insultos, las miradas o todo lo que conllevara decir que tú estabas conmigo, decir que eras mi novia y que sí, que esa era mi vida. Y que nadie nunca podía volver a decidir sobre mi sexualidad o sobre lo que me identifica.

A ellos solo me resta decirles desde la distancia que, aunque estoy y ame a una mujer no dejo de ser hija, hermana, nieta, tía y familia. Porque al final de todo termino siendo la misma que ellos vieron crecer, solo que resistiendo desde las letras, amando con libertad y con mi esencia diversa.